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5. Gestación, genética y sangre son realidades distinguibles
El testimonio bíblico ha establecido que María quedó encinta, que lo engendrado se encontraba en ella y que su origen era del Espíritu Santo. La embriología nos permite comprender que la gestación y la procedencia genética no son necesariamente la misma realidad.Gestar a un nuevo ser no implica necesariamente haber aportado su constitución genética. Una mujer puede recibir en su vientre un embrión ya genéticamente constituido, llevarlo durante todo el embarazo y darlo a luz sin ser la fuente de sus cromosomas. Por lo tanto, la maternidad gestacional y la maternidad genética son realidades distinguibles.En una concepción humana ordinaria, el óvulo aporta veintitrés cromosomas y el espermatozoide otros veintitrés. De la unión de ambos surge el cigoto, dotado de una constitución genética propia heredada de los progenitores.
Si María hubiera aportado un óvulo, habría contribuido con veintitrés cromosomas y, con ellos, la mitad de la información genética del cuerpo que se desarrollaría en su vientre. Su participación habría sido entonces no solo gestacional, sino también genética.Sin embargo, la gestación de una mujer no exige necesariamente que ella haya aportado el material genético del organismo gestado. Un embrión ya constituido genéticamente puede desarrollarse en su vientre, recibir de la madre el sustento necesario y llegar al nacimiento sin haber recibido su información cromosómica.La misma distinción se observa en la formación de la sangre. La madre no transmite al hijo su sangre ya formada. El nuevo organismo produce sus propias células sanguíneas mediante la hematopoyesis. La formación de la sangre no depende de un solo gen, sino de una red de muchos genes que actúan en etapas distintas. Unos genes regulan la aparición de las células madre hematopoyéticas; otros dirigen su diferenciación hacia glóbulos rojos, glóbulos blancos o plaquetas; otros codifican componentes concretos, como las cadenas de hemoglobina, y otros participan en la síntesis del hemo, los grupos sanguíneos o la respuesta a hormonas como la eritropoyetina.La formación de la sangre comienza en el saco vitelino del embrión. Después pasa principalmente al hígado fetal y, más adelante, a la médula ósea, que se convierte en el lugar principal de producción sanguínea.Durante el embarazo, existen además dos circulaciones diferenciadas: la materna y la fetal. La placenta permite el intercambio de oxígeno, nutrientes y productos de desecho, pero la sangre materna no se convierte en la sangre del hijo. El organismo gestado produce su propia sangre conforme a su propia constitución genética. Por tanto, deben distinguirse tres realidades:
  • La gestación → dónde se desarrolla el nuevo ser.
  • La constitución genética → de dónde procede la información de su cuerpo.
  • La hematopoyesis → cómo produce su propia sangre.
  • María podía quedar verdaderamente encinta, gestar y dar a luz sin que ello exigiera necesariamente que aportara los veintitrés cromosomas de un óvulo. Del mismo modo, el cuerpo desarrollado en su vientre produciría su propia sangre. La embriología no demuestra por sí sola cómo ocurrió la entrada corporal del Hijo en el mundo. Sin embargo, sí muestra que la distinción expresada por Lucas y Mateo es biológicamente coherente: lo engendrado podía estar en María sin tener necesariamente su origen genético en María. Establecida esta distinción, ya puede formularse con precisión la tesis del estudio: ¿Aportó María los veintitrés cromosomas de un óvulo, o constituyó Dios directamente el primer estado corporal del Hijo y lo introdujo en el ámbito gestacional de María?
Circulación materno-fetal a través del corion Fuente: Cpech S.A.
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