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8. Participación de sangre y carne, ofrecimiento y victoria
La procedencia directa de Dios no anuló la humanidad del último Adam. Hebreos declara:
«Así que, por cuanto los hijos han compartido sangre y carne, de igual manera Él también participó de las mismas, para que hiciera ineficaz por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al Diablo» He 2.14
Los hijos han compartido sangre y carne. La forma κεκοινώνηκεν (kekoinṓnēken) es perfecto indicativo activo, tercera persona singular, de κοινωνέω (koinōnéō), «compartir» o «tener en común». El perfecto presenta una condición ya establecida cuyos efectos permanecen: los hijos han compartido sangre y carne y continúan participando de esa condición común.El Hijo, en cambio, participó de las mismas. La forma μετέσχεν (metéschen) es aoristo indicativo activo, tercera persona singular, de μετέχω (metéchō), «participar» o «tomar parte». El aoristo presenta su participación como un hecho histórico completo: Él entró verdaderamente en esa misma condición con la finalidad de morir.La diferencia queda así marcada:
  • han compartido: perfecto, condición establecida y vigente de los hijos;
  • participó: aoristo, entrada histórica del Hijo en esa condición.
La expresión «de igual manera Él también» afirma la realidad de su participación. Por ello, Hebreos añade:
«Por lo cual convenía ser hecho semejante en todo a los hermanos...»He 2.17
Sin embargo, esta semejanza no incluyó el pecado:
«...ha sido probado en todo, según nuestra semejanza, excluido el pecado».He 4.15
Pablo mantiene esta precisión al afirmar que Dios envió de sí mismo a su Hijo:
«en semejanza de carne de pecado y por el pecado...» Ro 8.3
El Hijo participó verdaderamente de sangre y carne, pero sin ser constituido pecador como la descendencia natural del primer Adam. Su humanidad fue real; su participación en el pecado, inexistente.La finalidad de aquella participación era sacrificial: el Hijo asumió una vida humana verdadera para poder entregarla. Pedro declara que fuimos rescatados:
«...con la sangre preciosa del Ungido, como un cordero sin mancha y sin defecto».1 P 1.19
La sangre era preciosa porque pertenecía al Santo, al Hijo que podía ofrecerse sin mancha.Génesis 9.6 vincula el derramamiento de sangre humana con la imagen de Elohim. Después de que Adam engendrara descendencia conforme a su propia imagen y semejanza (Gn 5.3), esta afirmación adquiere un carácter enigmático. Su cumplimiento pleno puede contemplarse en el Hijo, quien es la imagen del Dios invisible y cuya sangre es llamada «su propia sangre» y puede ser designada, en Hechos 20.28, como la sangre de Dios. La humanidad fue creada conforme a la imagen de aquel que, en el cumplimiento del tiempo, participaría de sangre y carne y derramaría su propia sangre.Hebreos afirma que el Ungido entró:
«...por medio de su propia sangre, ... habiendo asegurado eterna redención».He. 9.12
Y añade que:
«...mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios». He 9.14
La sangre derramada era, por tanto, la sangre propia del Hijo. Con ella obtuvo eterna redención y limpió del pecado:
«... la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado».1 Jn 1.7
Juan confirma además que quien vino mediante agua y sangre es el mismo Jesús ungido, el Hijo de Dios:
«Pues ¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino mediante agua y sangre: Jesús ungido. No solo por el agua, sino por el agua y por la sangre».1 Jn 5.5-6
La sangre no pertenece, por tanto, a una apariencia humana ni a otro sujeto distinto del Hijo, sino al mismo Jesús ungido que verdaderamente entró en la condición humana.Apocalipsis declara:
«... fuiste degollado, y con tu sangre redimiste para Dios, toda tribu y lengua y pueblo y nación»Ap 5.9
Al participar de sangre y carne, el Hijo pudo entrar verdaderamente en la Muerte. Pero la Muerte no podía conservar dominio sobre el Santo:
«a quien Dios, levantó, habiendo soltado los dolores de la Muerte, porque no era posible que Él fuera retenido por ella».Hch 2.24
Y Pedro añade:
«... no fue desamparado en el Hades, ni su carne vio corrupción».Hch 2.31
Así se completa el contraste iniciado con Adam: por medio de un hombre vino la Muerte; por medio de un hombre vino la resurrección. El último Adam participó de sangre y carne, ofreció su propia sangre y venció allí donde el primero había introducido la condenación.
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